Derecho Civil-Mercantil

15/09/2026

El concurso de acreedores: un máster que ningún empresario quiere hacer

Hay másteres que uno elige y otros en los que la vida te matricula sin preguntarte. El concurso de acreedores pertenece, sin duda, a los segundos. Ningún empresario comienza un proyecto pensando que algún día tendrá que acudir a un procedimiento concursal. Cuando alguien pone en marcha una empresa lo hace pensando en crecer, en crear empleo, en conseguir clientes, en desarrollar una idea y, en definitiva, en que las cosas salgan bien. Por eso, cuando empiezan las dificultades económicas, cuesta tanto aceptar lo que está ocurriendo. Primero pensamos que será algo pasajero, que el mes siguiente será mejor, que por fin nos pagarán aquellos clientes que se vienen retrasando, que el banco renovará la financiación para aplazar algún pago o que esa operación que está a punto de cerrarse solucionará el problema. Y mientras tanto seguimos adelante, muchas veces poniendo dinero personal, avalando operaciones, renunciando a nuestro propio sueldo, trabajando más horas y durmiendo menos. Hasta que llega un momento en el que ya no estamos gestionando únicamente una empresa: estamos gestionando el miedo.

Desde fuera, una insolvencia se analiza fundamentalmente con números: activo, pasivo, tesorería, deuda, vencimientos, facturación. Pero detrás de esos números hay personas y pocas veces hablamos de lo que significa para un empresario comprobar que el proyecto al que ha dedicado años de su vida está atravesando serias dificultades. Está el miedo a perder lo construido, la preocupación por los trabajadores y sus familias, la incomodidad de hablar con proveedores con los que quizá llevas trabajando veinte años y decirles que no puedes pagarles cuando corresponde, la presión de los bancos, las llamadas que empiezas a temer, las conversaciones difíciles en casa y, probablemente, una de las cargas más pesadas de todas: la sensación de haber fracasado. Porque el empresario suele vivir la empresa como algo propio, no solamente desde el punto de vista económico, sino también emocional. Por eso, cuando la empresa tiene problemas, resulta muy difícil separar una cosa de la otra y la frase “mi empresa está atravesando dificultades” puede convertirse poco a poco en “yo he fracasado”. Y no es lo mismo.

Quizá por eso existe todavía tanto miedo a pronunciar una palabra: concurso. Parece que decirla significa aceptar una derrota, cuando en realidad el concurso de acreedores no es lo que provoca la insolvencia. La insolvencia ya estaba ahí. El procedimiento es uno de los instrumentos que existen para afrontar y ordenar una situación económica que previamente se ha producido. Sin embargo, ese miedo hace que muchas veces se intente aguantar un mes más, después otro y después otro. Es perfectamente comprensible. Cuando has dedicado años a construir algo, aceptar que las cosas no han salido como esperabas resulta extraordinariamente difícil. Pero pedir ayuda, analizar la situación y, cuando resulte necesario, acudir a los mecanismos previstos legalmente no significa abandonar. Muchas veces significa precisamente lo contrario: asumir la realidad y tomar una decisión responsable cuando todavía existe margen para hacerlo.

Lo curioso es que, mientras estás atravesando un concurso, resulta prácticamente imposible encontrar algo positivo en la experiencia. Quien está dentro quiere fundamentalmente una cosa: que termine. Sin embargo, el paso del tiempo proporciona perspectiva y, cuando uno habla con empresarios que han atravesado situaciones empresariales realmente difíciles, descubre que muchos reconocen haber aprendido durante esos meses más que durante años de actividad empresarial normal. Porque una crisis te obliga a conocer tu empresa de una manera completamente diferente. Aprendes que facturar mucho no significa necesariamente ganar dinero, que beneficio y tesorería son cosas distintas, que crecer demasiado rápido también puede ser peligroso, que depender excesivamente de uno o dos clientes puede convertirse en una amenaza, que determinadas financiaciones que parecían una solución pueden acabar convirtiéndose en un problema y que los contratos conviene entenderlos perfectamente cuando las cosas van bien, porque cuando empiezan a ir mal probablemente sea demasiado tarde para preguntarse qué firmamos. Pero, por encima de todo, se aprende una lección que difícilmente se olvida: los problemas deben afrontarse cuando todavía parecen pequeños.

Por eso siempre me ha parecido que atravesar un concurso de acreedores es una especie de máster empresarial, probablemente el máster más caro, duro y desagradable que alguien pueda cursar. No hay aulas, no hay profesores y nadie te avisa de cuándo será el siguiente examen. Los exámenes llegan todos los días en forma de una llamada del banco, una reunión con los trabajadores, una negociación con un proveedor, una decisión urgente sobre tesorería, una conversación con los abogados o una noche intentando encontrar una solución para un problema que unos meses antes ni siquiera imaginabas que pudiera existir. Y la matrícula se paga con preocupación, incertidumbre y muchas horas sin dormir. Nadie debería querer hacer ese máster, pero quien consigue atravesarlo sale con conocimientos que difícilmente pueden adquirirse en una escuela de negocios. Aprende de finanzas, de negociación, de gestión, de personas y de sí mismo. Aprende a distinguir lo urgente de lo importante, a tomar decisiones desagradables, a decir que no y, sobre todo, aprende dónde están realmente los riesgos de una empresa.

Las dificultades tienen además una capacidad extraordinaria para enseñarte quién está verdaderamente a tu lado. Cuando todo funciona resulta relativamente fácil encontrar personas alrededor. Cuando las cosas se complican, el escenario cambia. Una crisis empresarial permite descubrir trabajadores que demuestran un compromiso que nunca habías imaginado, proveedores capaces de comprender una situación difícil, clientes que deciden seguir confiando y profesionales que se implican mucho más allá de lo que estrictamente les corresponde. También sucede lo contrario y aparecen decepciones. Pero incluso esas decepciones enseñan. Después de atravesar una situación así, probablemente uno sabe mucho mejor con quién quiere volver a emprender, a quién quiere tener como socio, qué perfiles quiere incorporar a su equipo y de quién quiere rodearse cuando vuelva a empezar.

Y esa posibilidad de volver a empezar es quizá una de las cuestiones sobre las que deberíamos reflexionar más. Una empresa puede fracasar, un proyecto puede no funcionar y una decisión empresarial puede ser equivocada, pero ninguna de esas circunstancias define necesariamente la capacidad de una persona para emprender de nuevo. Es más, alguien que ha atravesado una insolvencia probablemente conoce riesgos que otro empresario todavía no ha tenido ocasión de descubrir. Sabe lo rápido que puede desaparecer la tesorería, sabe lo que supone firmar determinadas garantías, sabe la importancia de disponer de información financiera actualizada, sabe que hay clientes que quizá sea mejor perder, que vender más no siempre significa ganar más y que crecer no siempre significa mejorar. Y, sobre todo, sabe reconocer determinadas señales de alarma y comprende que, cuando aparecen, mirar hacia otro lado rara vez consigue que desaparezcan.

Naturalmente, tampoco debemos caer en el error de romantizar el fracaso. Un concurso de acreedores puede ser una experiencia tremendamente dura. Puede implicar pérdidas económicas importantes, relaciones personales deterioradas y, en ocasiones, la desaparición de un proyecto al que se han dedicado muchos años de esfuerzo. Precisamente por eso debemos hablar de ello con naturalidad. Convertir el concurso en un estigma solamente consigue que muchos empresarios retrasen decisiones y pidan ayuda cuando su capacidad de reacción es mucho menor. No se trata de celebrar que las cosas hayan salido mal ni de quitar importancia a sus consecuencias. Se trata de comprender que una situación empresarial difícil forma parte de los riesgos que asume quien emprende y que lo verdaderamente importante es cómo se afronta y, especialmente, qué se aprende de ella.

Cuando pasa el tiempo y desaparece el ruido del procedimiento, muchas personas empiezan a mirar aquella etapa de una manera distinta. Siguen recordando lo mal que lo pasaron, pero también son conscientes de cuánto aprendieron. Algunos vuelven a emprender y lo hacen de otra manera: con más prudencia, con mejores controles, prestando mucha más atención a la tesorería, eligiendo mejor a sus socios, midiendo los riesgos y perdiendo el miedo a hacer preguntas incómodas cuando todavía hay tiempo para encontrar respuestas. No vuelven a empezar desde cero, porque llevan consigo algo que antes no tenían: experiencia.

Quizá por eso deberíamos dejar de mirar al empresario que ha atravesado un concurso preguntándonos únicamente qué hizo mal y empezar también a preguntarnos qué aprendió por el camino. Emprender significa asumir riesgos y asumir riesgos significa aceptar que no todos los proyectos terminarán como imaginábamos. Lo importante es afrontar las dificultades con responsabilidad, pedir ayuda a tiempo y entender que el cierre de una etapa no tiene por qué representar el final del camino. A veces puede ser exactamente lo contrario: el comienzo de una nueva etapa con más conocimiento, más prudencia, más fortaleza y una experiencia que ningún libro puede enseñar. Porque hay másteres que se pagan con dinero y otros que se pagan con errores, noches sin dormir y decisiones difíciles. Estos últimos no dan un título para colgar en la pared, pero probablemente sean los que más enseñan.

Foto del avatar  Javier López y Garcí­a de la Serrana - HispaColex

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